Miguel Ángel Mellado 

 

«Sí. No lloréis por mí… A la mayoría esta frase os sonará a Evita Perón, no-llores-por-mí-Argentina… Pero no. Está extraída de los Evangelios, pronunciada por Jesucristo con la cruz a cuestas: “No lloréis por mí, llorad por vuestros hijos”. La Biblia era uno de mis libros preferidos. Muchas noches, antes de dormir, leía unas líneas. No sabía entonces el sentido significado que acabaría teniendo para mi familia este versículo de San Lucas.

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Porque Chelo, mi madre, no ha parado de llorar desde aquel día en que aparecí herido de muerte, cerca de Lasarte (Guipuzcoa), en la tarde del 12 de julio de 1997.

Hoy, 20 años después, lo veo todo más claro. Será porque la oscuridad agudiza el sentido de la vista, metidos de lleno como estamos en la trituradora de los aniversarios: este sábado, 1 de julio, se ha conmemorado la liberación de Ortega Lara y, además, del empresario Cosme Delclaux… Porque no debemos olvidar que éste como tantos otros secuestrados y extorsionados de ETA también fueron víctimas.

Pues a lo que iba… Estaba hablando de lágrimas y víctimas como el ex funcionario de Prisiones Ortega Lara. Mi madre sigue llorando como una Magdalena, inmersa en un bucle de dolor del que no ha podido liberarse en estas dos décadas. Si ella no estaba mala, con cáncer, el enfermo era mi padre: un infarto, hernias discales, tumores en la vejiga… En las últimas semanas, Miguel ha estado internado en el hospital, lo cual solo contribuirá a acelerar su deterioro mental.

En estos 20 años mis padres han estado más de médicos que en cualquier otro sitio. Como demostró un estudio clínico de la Fundación Fernando Buesa –asesinado dos años y medios después que yo-, los parientes cercanos a los asesinados de ETA desarrollaban más enfermedades que la media nacional.

Quiero aclarar un dato antes de que se me olvide en relación con la liberación de Ortega Lara. A mí no me secuestraron y mataron en 48 horas como venganza por el rescate de José Antonio, 532 días enterrado vivo en un zulo. ‘Txapote’, ‘Amaia’ y ‘Oker’ me metieron en el maletero de un coche en la estación de Eibar, aquel 10 de julio de 1997, obedeciendo la orden de uno de los jefes de ETA, ‘Kantauri’. A través de dos cartas, escritas meses atrás, pidió “levantar” un concejal del PP cuanto antes, “y si se resiste, un tiro arriba y a por otro”.

Dejemos claro que no hubo causa-efecto. Mi carnicero, ‘Txapote’, llegó a Eibar (Vizcaya), pueblo situado a unos pocos kilómetros de Ermua, donde yo era concejal del PP, a finales de junio, cuando nadie sabía, ni el ministro Mayor Oreja, que Ortega Lara iba a ser liberado por la Guardia Civil el 1 de julio, en la llamada Operación Bol (de Bolinaga, el carcelero cruel). Sencillamente, estaba decidido que irían a por mí.

¿Quién dice que los muertos se quedan en paz? Desde aquí, desde el cementerio de Faramontaos (Orense), ves lo que pasa en España y hay muchas cosas que duelen. Y eso que con el tiempo dicen que te vuelves más sabio. En mi caso, habría varias razones: mi tumba está pegada a la de un maestro de enseñanza y naturalista, Pedro Pontes García, y a escasos kilómetros donde pasó su infancia el que luego sería Alfonso X El Sabio, autor de las Cantigas escritas en un bellísimo galaico-portugués.

Como decía, hay cosas que te perforan de dolor. No me duele recordar lo feliz que fui en mi última Semana Santa, pasada aquí, en Faramontaos, con mi novia Marimar, ahora casada y madre en Barcelona. No estoy de acuerdo, pues, con Dante, cuando escribió en su Divina Comedia que “no hay mayor dolor en el infortunio que recordar el tiempo feliz”. Que va. ¡Pero si el recuerdo es lo único que nos queda, tan inasible como nuestras vidas de muertos!

Miguel Ángel Blanco junto a Luis Eguíluz (actual concejal del PP en Bilbao) repartiendo propaganda en 1995.
Miguel Ángel Blanco junto a Luis Eguíluz (actual concejal del PP en Bilbao) repartiendo propaganda en 1995.

Lo que duele de verdad es la maldad: rematar al muerto. ¿Sabéis qué sucedió hace unos días, en la noche de San Juan, en Eibar, el pueblo donde me secuestraron? El protagonista en la ciudad armera no fui yo, un chico que se metió en política no para medrar –en dos años como concejal gané el equivalente a 5.000 euros, en aquel País Vasco de terror-. Entré en política por rebeldía. ¿Por qué iba a esconderme yo, tan vasco como cualquiera, nacido en Ermua en 1968, el mismo año que Felipe VI?

No, no lloraron por mí en Eibar en sus fiestas de san Juan, sino por quien dio mis coordenadas al comando Donosti para que me secuestraran: Ibon Muñoa, ex concejal de HB, el tipo que dio cobijo en su piso a ‘Txapote’ cuando visitó Eibar a finales de junio. La misma casa donde se alojaron mis tres asesinos el 8, el 9 y el 10 de julio. “Ibon, vuelve a casa”, decían los carteles y pancartas. En las ‘Txoznas’ (las casetas) aparecía el retrato del colaborador de ETA como si fuera san Lucas pidiendo a los clientes que lloraran por él.

Imagen de un cartel ensalzando a Ibon Muñoa, delator de Miguel Ángel Blanco.
Imagen de un cartel ensalzando a Ibon Muñoa, delator de Miguel Ángel Blanco.

Espero que mis padres no lean estas líneas. Esta gente nos sigue odiando. Mis padres están en esa fase última descrita por Balzac en su novela La piel de zapa, cuando uno de los personajes exclama: ¿El porvenir? Yo sé cuál es: el porvenir es una cama del hospital.

Pero no nos pongamos tristes. Empiezan las vacaciones. La vida sigue para los vivos así como la no vida para los muertos. Estos días que vienen van a acordarse más de mí con motivo del 20 aniversario de mi “fusilamiento” con una pistola Beretta, un tiro detrás de la oreja derecha y, el otro, en el centro de la zona occipital.

Llegado a este punto, me conformo con que no haya dos versiones de lo que sucedió en los años de plomo y sangre de ETA. O, al menos, que la post-verdad no se imponga a la verdad. La RAE ya ha admitido este palabro. En tiempos de lo políticamente correcto y de la tontería no me extraña que los señores académicos incluyan un neologismo como Post-verdad (Post-truth). Para qué; si existe una palabra rotundamente más acertada como es: mentira.

Ya que ETA nos mató, que no sea en balde. No consintáis, los vivos, que se escriba otro relato de los hechos –unos moríamos, otros nos mataban-. No aceptéis que haya perdón sin que pidan, eso, perdón por todo el daño que nos infligieron.

Yo estoy aquí, sólo, en Faramontaos, desde 2007. Me trajeron porque algunos no me dejaban descansar ni en el nicho de Ermua, donde fui a parar aquel 14 de julio de 1997. Como a tantos, al matarme me robaron dos vidas de un golpe: una con todo lo que tenía en ese momento –no pude ni estrenar el Renault Coupé que compré el día antes de mi secuestro-, y la otra, con lo que iba a tener. Quería ser padre de dos hijos, como han tenido mis asesinos en la cárcel, ‘Txapote’ (García Gaztelu) y ‘Amaia’ (Gallastegui Sodupe), presos ahora en la misma cárcel de Huelva.

Javier García Gaztelu, Txapote, e Irantzu Gallastegi Sudupe, Amaia
Javier García Gaztelu, “Txapote”, e Irantzu Gallastegi Sudupe, “Amaia” Efe

A ellos les exijo que me pidan perdón por haber matado de dos tiros mis dos vidas. Y, a vosotros, que no lloréis por mí, porque las glándulas lacrimales son peligrosas cuando sólo sirven para enturbiar la verdad de los hechos.


¿UNAS LÍNEAS PARA DON FELIPE?

Sí. Nacimos el mismo año y comenzamos a reinar a la vez. Yo, desde el otro mundo, al convertirme con mi sacrificio no deseado en ‘El hijo de todos’ y en el gran revolucionario contra el miedo. Y, usted, don Felipe, desde Ermua: el 14 de Julio de 1997, cuando presidió mi funeral delante de millones de españoles, comenzó a ser rey. Se lo debió a su padre, Juan Carlos I. Aquel día le cedió el sitio y años después, en 2014, la corona.

Si me permite decírselo, no he entendido la ausencia de su padre en el acto conmemorativo de las Cortes por los 40 años de democracia. Si en nuestro piso de 80 metros cuadrados de la calle Iparraguirre, en Ermua, cabíamos dos reyes, mi padre Miguel y yo, ¿cómo no va a haber espacio en el Palacio del Congreso para ustedes dos?

La novia de Miguel Ángel, su hermana Mari Mar y los padres junto al entonces príncipe Felipe en la Parroquia de Santiago Apóstol de Ermua, que albergó el 14 de julio el funeral de Miguel Ángel Blanco.
La novia de Miguel Ángel, su hermana Mari Mar y los padres junto al entonces príncipe Felipe en la Parroquia de Santiago Apóstol de Ermua, que albergó el 14 de julio el funeral de Miguel Ángel Blanco.

En un rato, mis tíos Aurelio y Pacita, vecinos de Faramontaos, vendrán a ponerme las flores de todos los domingos. El 17 me dirán una misa. Así es mi vida. Os dejo ya. Porque como repite don Pedro, mi compañero de sitio, cuando recibimos una visita: “Lo que tú eres ahora, yo lo fui una vez; lo que yo soy ahora, tú lo serás un día”. Así que, querido lector, aprovecha».